El discurso del método
René Descartes
Texto de la Tercera parte

Así como antes de iniciar la reconstrucción de la casa en la que se habita o basta con realizar su derribo, efectuar la reserva de materiales, arquitectos o bien ejercitarse uno mismo en la construcción, además de haber diseñado con atención el plano, sino que también es necesario haberse dotado de alguna otra casa en la que se pueda estar alojado cómodamente durante el período de construcción, de igual modo con el fin de no permanecer irresoluto en mis acciones aunque la razón me obligase a estarlo en mis juicios y, por otra parte, con el fin de no dejar de vivir por ello con la mayor dicha que pudiera, elaboré una moral provisional que no constaba sino de tres o cuatro máximas de las cuales deseo haceros partícipes.

Por la primera debía obedecer las leyes y costumbres de mi país, conservando la religión en la cual Dios me ha concedido la gracia de ser instruido desde la infancia, rigiéndome en cualquier otra cuestión por las opiniones más moderadas y más alejadas de todo extremo, que fuesen comúnmente practicadas por los más sensatos de aquéllos con los que me tocase vivir. Pues, estando resuelto desde entonces a no estimar en nada mis propias opiniones, dado que deseaba someterlas a examen, estaba seguro de que lo mejor que podía hacer era aceptar las de los más sensatos. Y aunque quizá existan otras personas tan sensatas como las que viven con nosotros entre los persas y los chinos, me parecía más útil tomar como regla las opiniones de aquéllos con los que tuviese que vivir. Y para conocer cuáles eran verdaderamente sus opiniones, estimaba que debería prestar más atención a lo que tales personas ponían en práctica que a lo que decían, no sólo porque, dada la corrupción de nuestras costumbres, hay pocas personas que deseen decir todo lo que piensan, sino también porque muchas lo ignoran, pues siendo diferente el acto del pensamiento en virtud del cual se cree algo de aquel otro por el cual se conoce que se tiene tal creencia, frecuentemente se da el uno sin el otro. Y entre varias opiniones, igualmente aceptadas, no elegiría sino las más moderadas, no sólo porque son las más cómodas en la práctica y probablemente las mejores, pues todo exceso generalmente es pernicioso, sino también porque me apartaría menos del verdadero camino en caso de equivocación que si, habiendo elegido una de las opiniones extremas, hubiese sido la otra la que hubiera sido preciso seguir. Principalmente estimaba como exceso todas las promesas por las que se enajena algo de la propia libertad. No desaprobaba por ello las leyes que para remediar la inconstancia de los espíritus débiles o para consolidar la seguridad del comercio permiten establecer votos o contratos, obligando a perseverar en los mismos, tanto cuando se posee un buen propósito como cuando el proyecto no es sino indiferente. Pero puesto que no veía cosa alguna en el mundo que permaneciera constantemente en el mismo estado, y como, en lo que me concierne, me prometía perfeccionar progresivamente mis juicios y no empeorarlos, hubiese pensado que cometía una gran falta contra el buen sentido si, porque aprobaba entonces alguna opinión, me hubiese obligado a tener que aceptarla posteriormente como buena cuando quizá hubiera dejado de serlo o yo hubiera dejado de estimarla como tal.

Mi segunda máxima prescribía que debía ser lo más firme y decidido que pudiera en mis acciones y que no debía seguir las opiniones más dudosas, después de haberme determinado a ello, con menor constancia que si hubiesen sido muy seguras. En esto imitaba a los viajeros que, encontrándose perdidos en algún bosque, no deben vagar dando vueltas, de un lado para el otro, ni mucho menos detenerse en un lugar, sino que, por el contrario, deben dirigirse siempre con las menores desviaciones posibles hacia un punto, no alterando la dirección de su marcha por débiles razones aunque en un principio la hayan elegido exclusivamente al azar. Pues de esta forma, si no llegan al lugar exactamente deseado, al menos llegarán a alguna parte en la que se puede presumir que estarán mejor que en medio del bosque. De igual modo, puesto que las acciones de la vida no toleran frecuentemente plazo alguno, es una verdad cierta que mientras no esté en nuestro poder distinguir las opiniones más verdaderas, debemos seguir las más probables; asimismo, aunque no nos percatemos con anterioridad de la mayor probabilidad de unas en relación con otras, sin embargo, debemos optar por unas y considerarlas en lo sucesivo no como dudosas, en cuanto que se refieren a la práctica, sino como muy verdaderas y ciertas a causa de que la razón que nos ha determinado a seguirlas es de tal índole. Esto fue suficiente para liberarme en lo sucesivo de todos los arrepentimientos y remordimientos que turban generalmente las conciencias de esos espíritus débiles y volubles que, con inconstancia, se dejan arrastrar a practicar como buenas las mismas acciones que posteriormente han de considerar que son malas.

Mi tercera máxima aconsejaba que debía intentar siempre vencerme a mí mismo antes que a la fortuna y modificar mis deseos antes que el orden del mundo. En general, debía acostumbrarme a pensar que no existe nada que esté enteramente en nuestro poder con excepción de nuestros pensamientos, de forma tal que después de haber hecho lo que hemos estimado mejor, en relación con todos los asuntos que nos son ajenos, todo aquello que nos reste para triunfar es absolutamente imposible para nosotros. Este solo pensamiento me parecía ser suficiente para impedirme desear en lo sucesivo lo que no pudiera alcanzar y, por lo tanto, para vivir feliz y satisfecho; pues no tendiendo naturalmente nuestra voluntad a desear sino las cosas que nuestro entendimiento le presenta en cierto modo como posibles, es claro que si consideramos todos los bienes que están fuera de nosotros como igualmente alejados de nuestro poder, nunca más sentiremos disgusto alguno por carecer de aquellos que parecen debidos a nuestro nacimiento cuando nos veamos privados de ellos sin culpa nuestra, de igual modo que no lo sentimos si no poseemos los reinos de la China o de México. Y haciendo así, como suele decirse, de necesidad virtud, no sentiremos mayores deseos de estar sanos cuando estemos enfermos, o de estar libres cuando estemos en prisión, de los que ahora sentimos de tener un cuerpo compuesto de una materia tan poco corruptible como los diamantes o de poseer unas alas para volar como los pájaros. Pero confieso que es necesario un gran ejercicio y una meditación frecuentemente reiterada para acostumbrarse a ver las cosas de este modo; en esto consistía, según mi opinión, el secreto de aquellos filósofos que fueron capaces en otro tiempo de sustraerse al imperio de la fortuna y, a pesar de los dolores y la pobreza, de estimarse tan felices como los dioses. Pues, habiéndose ocupado sin cesar en la consideración de los límites que les habían sido prescritos por la naturaleza, se persuadían de forma tan completa de que nada estaba en su poder sino sus propios pensamientos, que esto solo era suficiente para impedirles sufrir afección alguna por otros motivos; se apropiaban en modo tal de estos pensamientos que tenían cierta razón al estimarse más ricos, más poderosos, más libres y más dichosos que cualquiera de los hombres que, careciendo de esta filosofía, por muy favorecidos que hubiesen sido por la naturaleza y la fortuna, no llegan a disponer jamás de todo lo que ellos desean.

Finalmente, como conclusión de las reflexiones sobre esta moral, me daba cuenta de que debía realizar un atento examen de todas las ocupaciones que los hombres tienen en esta vida con el fin de intentar escoger la mejor. Y sin desear afirmar nada sobre las ocupaciones de otros, estimaba que no podía hacer nada mejor que continuar ejercitando aquella que tenía; es decir, emplear toda mi vida en cultivar mi razón y avanzar tanto como pudiese en el conocimiento de la verdad, siguiendo el método que me había prescrito. Había experimentado tan estimables compensaciones desde el momento en que comencé a ponerlo en práctica, que no pensaba que pudiera recibirlas más agradables ni más saludables en esta vida. Y como todos los días descubría mediante la práctica del mismo algunas verdades que me parecían bastante importantes y comúnmente ignoradas por otros hombres, la satisfacción que obtenía saciaba de tal forma mi espíritu que todo lo demás carecía para mí de interés. Por otra parte, las tres máximas precedentes no estaban fundadas sino sobre el deseo que tenía de continuar instruyéndome, pues habiéndonos dado Dios a todos una cierta luz natural para distinguir lo verdadero de lo falso, nunca hubiese pensado que debía contentarme un solo momento con las opiniones de otro si no me hubiese propuesto emplear mi propio juicio en su examen, cuando llegase el momento oportuno; y siguiendo estas máximas no hubiera podido liberarme de preocupaciones si no hubiese decidido aprovechar todas las oportunidades para encontrar otras mejores, caso de que las hubiese. Finalmente, no hubiese acertado a limitar mis proyectos, ni a ser feliz, si no hubiese seguido un camino por el que pensaba que no sólo podía asegurarme la adquisición de todos los conocimientos de los que fuese capaz, sino también el logro de todos los verdaderos bienes que estuviesen en mi poder, ya que no determinándose nuestra voluntad a la aceptación o rechazo de algo sino porque nuestro entendimiento se lo presenta como bueno o malo, basta con juzgar correctamente para obrar bien y juzgar lo mejor que se pueda para obrar de igual modo; es decir, para adquirir todas las virtudes y conjuntamente todos los bienes que puedan lograrse. Cuando se tiene certeza de que esto es así, no se puede sino ser dichoso.

Después de haberme convencido de estas máximas y haberlas colocado aparte junto con las verdades de la fe, que siempre han ocupado un privilegiado puesto en mi creencia, pensaba que podía con libertad intentar deshacerme de todas las otras opiniones. Y puesto que esperaba alcanzar más cómodamente mis objetivos conversando con los hombres que permaneciendo por más tiempo encerrado en la habitación donde había llegado a realizar tales reflexiones, continué mi viaje antes de que llegase a concluir el invierno. En los nueve años siguientes no hice otra cosa sino viajar de aquí para allá por el mundo, tratando más de ser espectador que actor en todas las comedias que en él se representan a diario; y, haciendo una particular reflexión en cada materia sobre aquello que podía hacerla dudosa y dar ocasión para equivocarnos, erradicaba de mi espíritu todos los errores que podían haberse deslizado en él con anterioridad. En esto no imitaba a los escépticos, que no dudan sino por dudar y fingen permanecer siempre irresolutos; por el contrario, mi único deseo era liberarme de la inquietud y rechazar la tierra movediza y la arena con el fin de hallar la roca viva o la arcilla. Pienso que en esto obtenía buenos resultados puesto que tratando de descubrir la falsedad e incertidumbre de las proposiciones que examinaba, no mediante débiles conjeturas sino siguiendo razonamientos claros y seguros, no encontraba alguna tan dudosa de la que no obtuviese alguna conclusión bastante cierta, aunque solamente hubiese sido la de que no contenía nada cierto. Y así como cuando se derriba una vieja casa se conservan los materiales para construir el nuevo edificio, de igual forma cuando destruía todas aquellas opiniones que estimaba mal fundadas, realizaba observaciones y recogía experiencias, que me han servido posteriormente para establecer otras opiniones más ciertas. Por otra parte, continuaba ejercitándome en el método que me había prescrito pues, además de que ponía cuidado en conducir mis pensamientos según sus reglas, en ocasiones reservaba algunas horas que empleaba de modo particular para ponerlo en práctica al tratar dificultades de la matemática o también algunas otras que podía considerarlas semejantes a las de las matemáticas, liberándolas de todos los principios de otras ciencias que no estimaba suficientemente firmes, como veréis que he realizado en varias cuestiones que son tratadas en este volumen. De este modo, no viviendo en apariencia sino como los que no tienen otra ocupación que la de disfrutar una vida agradable e inocente, esforzándose en separar los placeres de los vicios y haciendo uso a la vez de cuantas diversiones honestas están a su alcance para gozar de su ocio sin hastío, no dejaba de perseverar en mi intento y de avanzar provechosamente en el conocimiento de la verdad, quizá aún más que si me hubiese limitado a leer libros o a frecuentar gentes de letras.

Sin embargo, los nueve años se pasaron sin que hubiese llegado a tomar partido alguno en relación con aquellas dificultades que generalmente se discuten entre los doctos y sin que hubiese iniciado la búsqueda de una filosofía más cierta que la vulgar. Por otra parte, el ejemplo de varios excelentes espíritus que, habiéndose propuesto tal tarea, me parecía que no habían llegado a triunfar en su realización, me hacía imaginar una dificultad tan grande que quizá no hubiese intentado acometerla si no me hubiese llegado a enterar de que algunos hacían correr el rumor de que la había concluido. No sabría decir sobre qué fundaban esta opinión. Y si he contribuido a favorecerla en algo por mis discursos, estimo que debe haber sido al confesar más ingenuamente lo que ignoraba de lo que tienen costumbre de hacerlo aquellos que han estudiado un poco, y quizá también al mostrar las razones que me inducían a dudar de muchas cosas que otros estiman ciertas, pero no porque me haya vanagloriado de estar en posesión de doctrina alguna. Pero, teniendo un carácter tal que no deseo ser tomado por otro distinto del que soy, pensaba que era preciso que intentase por todos los medios hacerme digno de la reputación que se me concedía. Y hace justamente ocho años que este deseo me hizo alejarme de todos los lugares donde podía tener conocidos y retirarme aquí, en un país en el que la larga duración de la guerra ha obligado a establecer tales reglamentos que los ejércitos que se mantienen parecen servir exclusivamente para que los hombres gocen de los frutos de la paz con tanta mayor seguridad, y donde, en medio de la multitud de un pueblo muy activo, más preocupado de sus propios problemas que curioso de los ajenos, sin carecer de alguna de las comodidades que se disfrutan en las villas más pobladas, he podido vivir tan retirado y solitario como en uno de los desiertos más apartados.